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MODELO 2
Ushanam
jampi
La plaza de Chupán hervía de gente. El pueblo entero, ávido de curiosidad, se había congregado en ella desde las primeras horas de la mañana, en espera del gran acto de justicia a que se le había convocado la víspera, solemnemente.
Se habían suspendido todos los quehaceres particulares y todos los servicios públicos. Allí estaba el jornalero, poncho al hombro, sonriendo, con sonrisa idiota, ante las frases intencionadas de los coros; el pastor greñudo, de pantorrillas bronceadas y musculosas, serpenteadas de venas, como lianas en torno de un tronco; el viejo silencioso y taimado, mascador de coca sempiterno; la mozuela tímida y pulcra, de pies limpios y bruñidos como acero pavonado, y uñas desconchadas y roídas y faldas negras y esponjosas como repollo; la vieja regañosa, haciendo perinolear al aire el huso mientras barbotea un rosario interminable de conjuros, y el chiquillo, con su clásico sombrero de falda gacha y copa cónica —sombrero de payaso— tiritando al abrigo de un ilusorio ponchito, que apenas le llega al vértice de los codos.
Y por entre esa multitud, los perros, unos perros color de ámbar sucio, hoscos, héticos, de cabezas angulosas y largas como cajas de violín, costillas transparentes, pelos hirsutos, mirada de lobo, cola de zorro y patas largas, nervudas y nudosas —verdaderas patas de arácnido— yendo y viniendo incesantemente, olfateando a las gentes con descaro, interrogándoles con miradas de ferocidad contenida, lanzando ladridos impacientes, de bestias que reclamaran su pitanza.
Se trataba de
hacerle justicia a un agraviado de la comunidad, a quien uno de sus miembros,
Cunce Maille, ladrón incorregible, le había robado días antes una vaca. Un
delito que había alarmado a todos profundamente, no tanto por el hecho en sí
cuanto por la circunstancia de ser la tercera vez que un mismo individuo
cometía igual crimen. Algo inaudito en la comunidad. Aquello significaba un
reto, una burla a la justicia severa e inflexible de los yayas, merecedora de
un castigo pronto y ejemplar.
De pronto los yayas dejaron de chacchar, arrojaron de un escupitajo la papilla verdusca de la masticación, limpiáronse en un pase de manos las bocas espumosas y el viejo Marcos Huacachino, que presidía el consejo, exclamó:
—Ya hemos chacchado bastante. La coca nos aconsejará en el momento de la justicia. Ahora bebamos para hacerlo mejor.
Y todos, servidos por un decurión, fueron vaciando a grandes tragos un enorme vaso de chacta.
—Que traigan a Cunce Maille —ordenó Huacachino una vez que todos terminaron de beber.
Y, repentinamente, maniatado y conducido por cuatro mozos corpulentos, apareció ante el tribunal .un indio de edad incalculable, alto, fornido, ceñudo y que parecía desdeñar las injurias y amenazas de la muchedumbre. En esa actitud, con la ropa ensangrentada y desgarrada por las manos de sus perseguidores y las dentelladas de los perros ganaderos, el indio más parecía la estatua de la rebeldía que la del abatimiento. Era tal la regularidad de sus facciones de indio puro, la gallardía de su cuerpo, la altivez de su mirada, su porte señorial, que, a pesar de sus ojos sanguinolentos, fluía de su persona una gran simpatía, la simpatía que despiertan los hombres que poseen la hermosura y la fuerza.
— ¡Suéltenlo! —exclamó la misma voz que había ordenado traerlo.
Una vez libre Maille, se cruzó de brazos, irguió la desnuda y revuelta cabeza, desparramó sobre el consejo una mirada sutilmente desdeñosa y esperó.
—José Ponciano te acusa de que el miércoles pasado le robaste una vaca mulinera y que has ido a vendérsela a los de Obas. ¿Tú qué dices?
— ¡Verdad! Pero Ponciano me robó el año pasado un toro. Estamos pagados.
— ¿Por qué entonces no te quejaste?
—Porque yo no necesito de que nadie me haga justicia. Yo mismo sé hacérmela.
—Los yayas no consentimos que aquí nadie se haga justicia. El que se la hace pierde su derecho.
Ponciano, al verse aludido, intervino:
—Maille está mintiendo, taita. El toro que dice que yo se lo robé, se lo compré a Natividad Huaylas. Que lo diga; está presente.
—Verdad, taita —contestó un indio, adelantándose hasta la mesa del consejo.
— ¡Yerro! —Gritó Maille, encarándose ferozmente a Huaylas—. Tan ladrón tú como Ponciano. Todo lo que tú vendes es robado. Aquí todos se roban.
Ante tal imputación, los yayas, que al parecer dormitaban, hicieron un movimiento de impaciencia al mismo tiempo que muchos individuos del pueblo levantaban sus garrotes en son de protesta y los blandían gruñendo rabiosamente. Pero el jefe del tribunal, más inalterable que nunca, después de imponer silencio con gesto imperioso, dijo:
--Cunce Maille, has dicho una brutalidad que ha ofendido a todos. Podríamos castigarte entregándote a la justicia del pueblo, pero sería abusar de nuestro poder.
Y dirigiéndose al agraviado José Ponciano, que, desde uno de los extremos de la mesa, miraba torvamente a Maille, añadió:
— ¿En cuánto
estimas tu vaca, Ponciano? —Treinta soles, taita. Estaba para parir, taita.
En vista de esta respuesta, el presidente se dirigió al público en esta forma:
— ¿Quién conoce la vaca de Ponciano? ¿Cuánto podrá costar la vaca de Ponciano?
Muchas voces contestaron a un tiempo que la conocían y que podría costar realmente los treinta soles que le había fijado su dueño.
— ¿Has oído, Maille? —dijo el presidente al aludido.
—He oído, pero no tengo dinero para pagar
—Tienes
ganados, tienes tierras, tienes casa. Se te embargará uno de tus ganados, y
como tú no puedes seguir aquí porque es la tercera vez que compareces ante
nosotros por ladrón, saldrás de Chupan inmediatamente y para siempre. La
primera vez te aconsejamos lo que debías hacer para que te enmendaras y
volvieras a ser hombre de bien. No has querido. Te burlaste del yaachischum. La
segunda vez tratamos de ponerte bien con Felipe Tacuche, a quien le robaste
diez carneros. Tampoco hiciste caso del alli-achishum, pues no has querido
reconciliarte con tu agraviado y vives amenazándole constantemente... Hoy le ha
tocado a Ponciano ser el perjudicado y mañana quién sabe a quién le tocará.
Eres un peligro para todos. Ha llegado el momento de botarte y aplicarte el
jitarishum. Vas a irte para no volver más. Si vuelves, ya sabes lo que te
espera: te cogemos y te aplicamos ushanan-jampi. ¿Has oído bien, Cunce Maille?
Maille se
encogió de hombros, miró al tribunal con indiferencia, echó mano al huallqui,
que por milagro había conservado en la persecución, y sacando un poco de coca
se puso a chacchar lentamente.
El presidente
de los yayas, que tampoco se inmutó por esta especie de desafío del acusado,
dirigiéndose a sus colegas, volvió a decir:
—Compañeros,
este hombre que está delante de nosotros es Cunce Maille, acusado por tercera
vez de robo en nuestra comunidad. El robo es notorio; no lo ha desmentido; no
ha probado su inocencia. ¿Qué debemos hacer con él?
—Botarlo de
aquí: aplicarle jitarishum —contestaron a una voz los yayas, volviendo a quedar
mudos e impasibles.
— ¿Has oído,
Maille? Hemos procurado hacerte un hombre de bien, pero no lo has querido.
Caiga sobre ti jitarishum.
Después,
levantándose y dirigiéndose al pueblo, añadió con voz solemne y más alta que la
empleada hasta entonces:
—Este hombre
que ven aquí es Cunce Maille, a quien vamos a botar de la comunidad por ladrón.
Si alguna vez se atreve a volver a nuestras tierras, cualquiera de los
presentes (podrá matarle. No lo olviden. Decuriones, cojan a ese hombre y
sígannos.
Y los yayas,
seguidos del acusado y de la muchedumbre, abandonaron la plaza, atravesaron el
pueblo y comenzaron a descender por una escarpada senda, en medio de un
imponente silencio, turbado sólo por el tableteo de los shucuyes. Aquello era
una procesión de mudos bajo un nimbo de recogimiento. Hasta los perros,
momentos antes inquietos, bulliciosos, marchaban en silencio, gachas las orejas
y las colas, como percatados de la solemnidad del acto.
Después de un
cuarto de hora de marcha por senderos abruptos, sembrados de piedras y cactos
tentaculares y amenazadores como pulpos rabiosos —senderos de pastores y
cabras—, el jefe de los yayas levantó su vara de alcalde, adornada de cintajos
multicolores y de flores de planta de manufactura infantil, y la extraña
procesión se detuvo al borde del riachuelo que separa las tierras de Chupán de
las Obas.
— ¡Suelten a
ese hombre! —exclamó el yaya de la vara.
Y dirigiéndose
al reo:
— Cunce Maille:
desde este momento tus pies no pueden seguir pisando nuestras tierras porque
nuestros jircas se enojarían, y su enojo causaría la pérdida de las cosechas, y
se secarían las quebradas y vendría la peste. Pasa el río y aléjate para
siempre de aquí.
Maille volvió
la cara hacia la multitud, que con gesto de asco e indignación, más fingido que
real, acababa de acompañar las palabras sentenciosas del yaya, y, después de
lanzar al suelo un escupitajo enormemente despreciativo, con ese desprecio que
sólo el rostro de un indio es capaz de expresar, exclamó:
—
¡Ysmayta-micuy!
Y de cuatro
saltos salvó las aguas del Chillán y desapareció entre los matorrales de la
banda opuesta, mientras los perros, alarmados de ver a un hombre que huía y
excitados por el largo silencio, se desquitaban ladrando furiosamente, sin
atreverse a penetrar en las cristalinas y bulliciosas aguas del riachuelo.
Si para
cualquier hombre la expulsión es una afrenta, para un indio, y un indio como
Cunce Maille, la expulsión de la comunidad significa todas las afrentas
posibles, el resumen de todos los dolores frente a la pérdida de todos los
bienes: la choza, la tierra, el ganado, el jirca y la familia. Sobre todo, la
choza.
El jitarishum
es la muerte civil del condenado, una muerte de la que jamás se vuelve a la
rehabilitación; que condena al indio al ostracismo perpetuo y parece marcarle
con un signo que le cierra para siempre las puertas de la comunidad. Se le deja
solamente la vida para que vague con ella a cuestas por quebradas, cerros,
punas y bosques, o para que baje a vivir en las ciudades bajo la férula del
misti; lo que para un indio altivo y amante de las alturas es un suplicio y una
vergüenza.
Y Cunce Maille,
dada su naturaleza rebelde y combativa, jamás podría resignarse a la expulsión
que acababa de sufrir. Sobre todo, había dos fuerzas que le atraían constantemente
a la tierra perdida: su madre y su choza. ¿Qué iba a ser de su madre sin él?
Este pensamiento le irritaba y le hacía concebir los más inauditos proyectos. Y
exaltado por los recuerdos, nostálgico y cargado su corazón de odio, como una
nube de electricidad, harto en pocos días de la vida de azar y merodeo que se
le obligaba a llevar, volvió a repasar, en las postrimerías de una noche, el
mismo riachuelo que un mes antes cruzara a pleno sol, bajo el silencio de una
poblada hostil y los ladridos de una jauría famélica y feroz.
A pesar de su
valentía comprobada cien veces. Maille, al pisar la tierra prohibida, sintió
como una mano que le apretaba el corazón, y tuvo miedo. ¿Miedo de qué? ¿De la
muerte? ¿Pero qué podría importarle la muerte a él, acostumbrado a jugarse la
vida por nada? ¿Y no tenía para eso su carabina y sus cien tiros? Lo suficiente
para batirse con Chupán entero y escapar cuando se le antojara.
Y el indio, con
el arma preparada, avanzó cauteloso auscultando tolos los ruidos, oteando los matorrales,
por la misma senda de los despeñaderos y de los cactos tentaculares y
''amenazadores como pulpos, especie de vía crucis, por donde solamente se
atrevían a bajar, pero nunca a subir, los chupanes, por estar reservada para
los grandes momentos de su feroz justicia. Aquello era como la roca Tarpeya del
pueblo.
Maille salvó
todas las dificultades de la ascensión y, una vez en el pueblo, se detuvo
frente a una casucha y lanzó un grito breve y gutural, lúgubre, como el gruñido
de un cerdo dentro de un cántaro. La puerta se abrió y dos brazos se enroscaron
al cuello del proscrito, al mismo tiempo que una voz decía:
—Entra,
guagua-yau, entra. Hace muchas noches que tu madre no duerme esperándote. ¿Te
habrán visto?
Maille, por
toda respuesta, se encogió de hombros y entró.
Pera el gran
consejo de los yayas, sabedor por experiencia propia de lo que el indio ama su
hogar, del gran dolor que siente cuando se ve obligado a vivir fuera de él, de
la rabia que se adhiere a todo lo suyo, hasta el punto de morirse de tristeza
cuando le falta poder para recuperarlo, pensaba: "Maille volverá cualquier
noche de éstas; Maille es audaz, no nos teme, nos desprecia, y cuando él siente
el deseo de chacchar bajo su techo y al lado de la vieja Nastasia, no habrá nada
que lo detenga".
Y los yayas
pensaban bien. La choza sería la trampa en que habría de caer alguna vez el
condenado. Y resolvieron vigilarla día y noche, por turno, con disimulo y
tenacidad verdaderamente indios.
Por eso aquella
noche, apenas Cunce Maille penetró a su casa, un espía corrió a comunicar la
noticia al jefe de los yayas.
—Cunce Maille
ha entrado a su casa, taita. Nastasia le ha abierto la puerta —exclamó
palpitante, emocionado, estremecido aún por el temor, con la cara de un perro
que viera a un león de repente.
— ¿Estás
seguro, Santos?
—Sí, taita.
Nastasia lo abrazó. ¿A quién podrá abrazar la vieja Nastasia, taita? Es
Cunce...
— ¿Está armado?
—Con carabina,
taita. Si vamos a sacarlo, iremos todos armados. Cunee es malo y. tira bien.
Y la noticia se
esparció por el pueblo eléctricamente... "¡Ha llegado Cunee Maille! ¡Ha
llegado Cunee Maille!" era la frase que repetían todos estremeciéndose.
Inmediatamente se formaron grupos. Los hombres sacaron a relucir sus grandes
garrotes —los garrotes de los momentos trágicos—; las mujeres, en cuclillas,
comenzaron a formar ruedas frente a la puerta de sus casas, y los perros,
inquietos, sacudidos por el instinto, a llamarse y dialogar a la distancia.
— ¿Oyes, Cunee?
—Murmuró la vieja Nastasia, que, recelosa y con el oído pegado a la puerta, no
perdía el menor ruido, mientras aquél, sentado sobre un banco, chacchaba
impasible, como olvidado de las cosas del mundo—. Siento pasos de que se
acercan, y los perros se están preguntando quién ha venido de fuera. ¿No oyes?
Te habrán visto. ¡Para qué habrás venido, guagua-yau!
Cunee hizo un
gesto desdeñoso y se limitó a decir:
—Ya te he
visto, mi vieja, y me he dado el gusto de saborear una chacchada en mi casa.
Voime ya. Volveré otro día.
Y el indio,
levantándose y fingiendo una brusquedad que no sentía, esquivó el abrazo de su
madre y, sin volverse, abrió la puerta, asomó la cabeza a ras del suelo y
atisbó. Ni ruidos, ni bultos sospechosos; sólo una leve y rosada claridad
comenzaba a teñir la cumbre de los cerros.
Pero Maille era
demasiado receloso y astuto, como buen indio, para fiarse de este silencio.
Ordenóle a su madre pasar a la otra habitación y tenderse boca abajo; dio en
seguido un paso atrás, para tomar impulso, y de un gran salto al sesgo salvó la
puerta y echó a correr como una exhalación. Sonó una descarga y una lluvia de
plomo acribilló la puerta de la choza, al mismo tiempo que innumerables grupos
de indios armados de todas armas, aparecían por todas partes gritando:
— ¡Muera Cunce
Maille! ¡Ushanan-jarnpi! ¡Ushanan-jampi!
Maille apenas
logró correr unos cien pasos, pues otra descarga, que recibió de frente, le
obligó a retroceder y escalar de cuatro saltos felinos el aislado campanario de
la iglesia, desde donde, resuelto y feroz, empezó a disparar certeramente sobre
los primeros que intentaron alcanzarle.
Entonces
comenzó algo jamás visto por esos hombres rudos y acostumbrados a todos los
horrores y ferocidades; algo que, iniciado con un reto, llevaba trazas de
acabar en una heroicidad monstruosa, épica, digna de la grandeza de un canto.
A cada diez
tiros de los sitiadores, tiros inútiles, de rifles anticuados, de escopetas
inválidas, hechos por manos temblorosas, el sitiado respondía con uno
invariablemente certero, que arrancaba un lamento y cien alaridos. A las dos
horas había puesto fuera de combate a una docena de asaltantes, entre ellos a un
yaya, lo que había enfurecido al pueblo entero.
— ¡Tomen,
perros! —gritaba Maille a cada indio que derribaba—. Antes que me cojan mataré
cincuenta. Cunee Maille vale cincuenta- perros chupanes. ¿Dónde está Marcos
Huacachino? ¿Quiere un poquito de cal para su boca con esta shipina?
Y la shipina
era el cañón del arma, que amenazadora y mortífera, apuntaba en todo sentido.
Ante tanto
horror, que parecía no tener término, los yayas, después de larga deliberación,
resolvieron tratar con el rebelde. El comisionado debería comenzar por
ofrecerle todo, hasta la vida, que, una vez abajo y entre ellos, ya se vería
cómo eludir la palabra empeñada. Para esto era necesario un hombre animoso y
astuto como Maille, y de palabra capaz de convencer al más desconfiado.
Alguien señaló
a José Facundo. "Verdad —exclamaron los demás—. Facundo engaña al zorro
cuando quiere y hace bailar al jirca más furioso".
Y Facundo,
después de aceptar tranquilamente la honrosa comisión, recostó su escopeta en
la tapia en que estaba parapetado, sentóse, sacó un puñado de coca y se puso a
catipar religiosamente por espacio de diez minutos largos. Hecha la catipa y
satisfecho del sabor de la coca, saltó la tapia y emprendió una vertiginosa
carrera, llena de saltos y zigzags, en dirección al campanario gritando:
— ¡Amigo
Cunee!, ¡amigo Cunce! Facundo quiere hablarte.
Cunce Maille le
dejó llegar y una vez que lo vio sentarse en el primer escalón de la gradería
le preguntó:
— ¿Qué quieres,
Facundo? —Pedirte que bajes y te vayas. — ¿Quién te manda?
— ¡Yayas!
—Yayas son unos
supaypa-huachasgan, que cuando huelen sangre quieren beberla. ¿No querrán beber
la mía?
—No; yayas me
encargan decirte que si quieres te abrazarán y beberán contigo un trago de
chacta en el mismo jarro y te dejarán salir con la condición de que no vuelvas
más.
—Han querido
matarme.
—Ellos no;
ushanan-jampi, nuestra ley. Ushanan-jampi igual para todos; pero se olvidará
esta vez para ti. Están asombrados de tu valentía. Flan preguntado a nuestro
gran jirca-yayag y él ha dicho que no te toquen. También han catipado y la coca
les ha dicho lo mismo. Están pesarosos.
Cunce Maille
vaciló, pero comprendiendo que la situación en que se encontraba no podía
continuar indefinidamente, que, al fin, llegaría el instante en que habría de
agotársele la munición y vendría el hambre, acabó por decir, al mismo tiempo
que bajaba:
•
—No quiero
abrazos ni chacta. Que vengan aquí todos los yayas desarmados y, a veinte pasos
de distancia, juren por nuestro jirca que me dejarán partir sin molestarme.
Lo que pedía
Maille era una enormidad, una enormidad que Facundo no podía prometer, no sólo
porque no estaba autorizado para ello sino porque ante el poder del
ushanan-jampi no había juramento posible.
Facundo vaciló
también, pero su vacilación fue cosa de un instante. Y, después de reír con
gesto de perro a quien le hubiesen pisado la cola, replicó:
—He venido a
ofrecerte lo que pides. Eres como mi hermano y yo le ofrezco lo que quiera a mi
hermano.
Y, abriendo los
brazos, añadió:
—Cunce, ¿no
habrá para tu hermano Facundo un abrazo? Yo no soy yaya. Quiero tener el
orgullo de decirle mañana a todo Chupán que me he abrazado con un valiente como
tú.
Maille
desarrugó el ceño, sonrió ante la frase aduladora y, dejando su carabina a un
lado, se precipitó en los brazos de Facundo. El choque fue terrible. En vez de
un estrechón efusivo y breve, lo que sintió Maille fue el enroscamiento de dos
brazos musculosos, que amenazaban ahogarle. Maille comprendió instantáneamente
el lazo que se le había tendido, y, rápido corno el tigre, estrechó más fuerte
a su adversario, levantóle en peso e intentó escalar con él el campanario. Pero
al poner el pie en el primer escalón, Facundo, que no había perdido la
serenidad, con un brusco movimiento de riñones hizo perder a Maille el
equilibrio, y ambos rodaron por el suelo, escupiéndose injurias y amenazas.
Después de un violento forcejeo, en que los huesos crujían y los pechos
jadeaban, Maille logró quedar encima de su contendor.
— ¡Perro, más
perro que los yayas! —Exclamó Maille, trémulo de ira—; te voy a retacear allá
arriba, después de comerte la lengua.
— ¡Ya está!,
¡ya está!, ¡ya está! ¡Ushanan-jampi!
— ¡Calla,
traidor!—, volvió a rugir Maille, dándole un puñetazo feroz en la boca, y
cogiendo a Facundo por la garganta se la apretó tan profundamente que le hizo
saltar la lengua lívida, viscosa, enorme, vibrante como la cola de un pez
cogido por la cabeza, a la vez que entornaba los ojos y una gran conmoción se
deslizaba por su cuerpo como una onda.
Maille sonrió
satánicamente; desenvainó el cuchillo, cortó de un tajo la lengua de su víctima
y se levantó con intención de volver al campanario. Pero los sitiadores, que
aprovechando el tiempo que había durado la lucha, lo habían estrechamente
rodeado, se lo impidieron. Un garrotazo en la cabeza lo aturdió; una puñalada
en la espalda lo hizo tambalear; una pedrada en el pecho obligóle a soltar el
cuchillo y llevarse las manos a la herida. Sin embargo, aún pudo reaccionar y abrirse paso a puñadas y
puntapiés y llegar, batiéndose en retirada, hasta su casa. Pero la turba que lo
seguía de cerca, penetró tras él en el momento en que el infeliz caía en los
brazos de su madre. Diez puñales se le hundieron en el cuerpo.
— ¡No le hagan
así, taitas, que el corazón me duele! —gritó la vieja Nastasia, mientras,
salpicado el rostro de sangre, caía de bruces, arrastrada por el desmadejado
cuerpo de su hijo y por el choque de la feroz acometida. Entonces desarrollóse
una escena horripilante, canibalesca. Los cuchillos, cansados de punzar,
comenzaron a tajar, a partir, descuartizar. Mientras una mano arrancaba el
corazón y otra los ojos, ésta cortaba la lengua y aquélla vaciaba el vientre de
la víctima. Y todo esto acompañado de gritos, risotadas, insultos e
imprecaciones, coreados por los feroces ladridos de los perros, que, a través
de las piernas de los asesinos, daban grandes tarascadas al cadáver y sumergían
ansiosamente los puntiagudos hocicos en el charco sangriento.
— ¡A arrastrarlo! —Respondieron cien más—.
— ¡A la quebrada con él!
— ¡A la quebrada!
Inmediatamente se le anudó una soga al cuello y comenzó el arrastre. Primero por el pueblo, para que, según los yayas, todos vieran cómo se cumplía el ushanan-jampi, después por la senda de los cactos.
Cuando los
arrastradores llegaron al fondo de la quebrada, a las orillas del Chillán, sólo
quedaba de Cunce Maille la cabeza y un resto de espina dorsal. Lo demás quedóse
entre los cactos, las puntas de las rocas y las quijadas insaciables de los
perros.
Seis meses
después, todavía podía verse sobre el dintel de la puerta de la abandonada y
siniestra casa de los Maille, unos colgajos secos, retorcidos, amarillentos,
grasos, a manera de guirnaldas; eran los intestinos de Cunee Maille, puestos allí
por mandato de la justicia implacable de los yayas.
Autor: Enrique López Albújar
Calixto Garmendia
Autor : Ciro Alegría
ado Remigio Garmendia a otro llamado Anselmo,
levantando la cara—. Todos estos días, anoche, esta mañana, aun esta tarde, he
recordado mucho… Hay momentos en que a uno se le agolpa la vida… Además, debes
aprender. La vida, corta o larga, no es de uno solamente.
Sus ojos diáfanos parecían fijos en el tiempo. La voz se le fraguaba hondo y tenía un rudo timbre de emoción. Blandíanse a ratos las manos encallecidas.
—Yo nací arriba, en un pueblito de los Andes. Mi padre era carpintero y me mandó a la escuela. Hasta segundo año de primaria era todo lo que había. Y eso que tuve suerte de nacer en el pueblo, porque los niños del campo se quedaban sin escuela. Fuera de su carpintería, mi padre tenía un terrenito al lado del pueblo, pasando la quebrada, y lo cultivaba con la ayuda de algunos indios a los que pagaba en plata o con obritas de carpintería: que el cabo de una lampa o un hacha, que una mesita, en fin. Desde un extremo del corredor de mi casa, veíamos amarillear el trigo, verdear el maíz, azulear las habas en nuestra pequeña tierra. Daba gusto. Con la comida y la carpintería, teníamos bastante, considerando nuestra pobreza. A causa de tener algo y también por su carácter, mi padre no agachaba la cabeza ante nadie. Su banco de carpintero estaba en el corredor de la casa, dando a la calle.
Pasaba el alcalde. “Buenos días, señor”, decía mi padre, y se acabó. Pasaba el subprefecto. “Buenos días, señor”, y asunto concluido. Pasaba el alférez de gendarmes. “Buenos días, alférez”, y nada más. Pasaba el juez y lo mismo. Así era mi padre con los mandones.
Ellos hubieran querido que les tuviera miedo o les pidiese o les
debiera algo. Se acostumbran a todo eso los que mandan. Mi padre les
disgustaba. Y no acababa ahí la cosa. De repente venía gente del pueblo, ya sea
indios, cholos o blancos pobres. De a diez, de a veinte o también en poblada
llegaban. “Don Calixto, encábecenos para hacer ese reclamo”. Mi padre se llamaba
Calixto. Oía de lo que se trataba, si le parecía bien aceptaba y salía a la
cabeza de la gente, que daba vivas y metía harta bulla, para hacer el reclamo.
Sucedió que vino una
epidemia de tifo, y el panteón se llenó con los muertos del propio pueblo y los
que traían del campo. Entonces las autoridades echaron mano de nuestro
terrenito para panteón. Mi padre protestó diciendo que tomaran tierra de los
ricos, cuyas haciendas llegaban hasta la propia salida del pueblo. Dieron el pretexto
que el terreno de mi padre estaba ya cercado, pusieron gendarmes y comenzó el
entierro de muertos. Quedaron a darle una indemnización de setecientos soles,
que era algo en esos años, pero, que autorización, que requisitos, que papeleo,
que no hay plata en este momento… Se la estaban cobrando a mi padre, para
ejemplo de reclamadores. Un día, después de discutir con el alcalde, mi viejo
se puso a afilar una cuchilla y, para ir a lo seguro, también un formón. Mi
madre algo le vería en la cara y se le prendió del cogote y le lloró diciéndole
que nada sacaba con ir a la cárcel y dejarnos a nosotros más desamparados. Mi
padre se contuvo como quebrándose. Yo era niño entonces y me acuerdo de todo
eso como si hubiera pasado esta tarde.
Mi padre no era hombre
que renunciara a su derecho. Comenzó a escribir cartas exponiendo la
injusticia. Quería conseguir que al menos le pagaran. Un escribano le hacía las
cartas y le cobraba dos soles por cada una. Mi pobre escritura no valía para
eso. El escribano ponía al final: “A ruego Calixto Garmendia, que no sabe
firmar, Fulano”. El caso fue que mi padre despachó dos o tres cartas al
diputado de la provincia. Silencio. Otras al senador por el departamento.
Silencio.
Otras al mismo Presidente
de la República. Silencio. Por último mandó cartas a los periódicos de Trujillo
y a los de Lima. Nada, señor. El postillón llegaba al pueblo una vez por
semana, jalando una mula cargada con la valija del correo. Pasaba por la puerta
de la casa y mi padre se iba detrás y esperaba en la oficina del despacho,
hasta que clasificaban la correspondencia. A veces, yo también iba. “¿Carta
para Calixto Garmendia?”, preguntaba mi padre. El interventor, que era un viejo
flaco y bonachón, tomaba las cartas que estaban en la casilla de las G, las iba
viendo y al final decía: “Nada, amigo”. Mi padre salía comentando que la
próxima vez habría carta. Con los años, afirmaba que al menos los periódicos
responderían. Un estudiante me ha dicho que, por lo regular, los periódicos
creen que asuntos como estos carecen de interés general. Esto en el caso de que
los mismos no estén a favor del gobierno y sus autoridades, y callen cuando
pueda perjudicarles. Mi padre tardó en desengañarse de reclamar lejos y estar
yéndose por las alturas, varios años.
A los seis o siete
años del despojo, mi padre se cansó hasta de cobrar. Envejeció mucho en
aquellos tiempos. Lo que más le dolía era el atropello. Alguna vez pensó en
irse a Trujillo o Lima a reclamar, pero no tenía dinero para eso. Y cayó
también en cuenta de que, viéndolo pobre y solo, sin influencias ni nada, no le
harían caso. ¿De quién y cómo valerse? El terrenito seguía de panteón,
recibiendo muertos. Mi padre no quería ni verlo, pero cuando por casualidad
llegaba a mirarlo, decía: “¡Algo mío han enterrado ahí también! ¡Crea usted en
la justicia!”. Siempre se había ocupado de que le hicieran justicia a los demás
y, al final, no la había podido obtener ni para él mismo. Otras veces se
quejaba de carecer de instrucción y siempre despotricaba contra los tiranos,
gamonales, tagarotes y mandones.
Yo fui creciendo en
medio de esa lucha. A mi padre no le quedó otra cosa que su modesta
carpintería. Apenas tuve fuerzas, me puse a ayudarlo en el trabajo. Era muy
escaso. En ese pueblito sedentario, casas nuevas se levantarían una cada dos
años. Las puertas de las otras duraban. Mesas y sillas casi nadie usaba. Los
ricos del pueblo se enterraban en cajón, pero eran pocos y no morían con
frecuencia. Los indios enterraban a sus muertos envueltos en mantas sujetas con
cordel. Igual que aquí en la costa entierran a cualquier peón de caña, sea
indio o no. La verdad era que cuando nos llegaba la noticia de un rico difunto
y el encargo de un cajón, mi padre se ponía contento. Se alegraba de tener
trabajo y también de ver irse al hoyo a uno de pandilla que lo despojó. ¿A qué
hombre tratado así no se le daña el corazón? Mi madre creía que no estaba bueno
alegrarse debido a la muerte de un cristiano y encomendaba el alma del finado
rezando unos cuantos padrenuestros y avemarías. Duro le dábamos al serrucho, al
cepillo, a la lija y a la clavada mi padre y yo, que un cajón de muerto debe
hacerse luego. Lo hacíamos por lo común de aliso y quedaba blanco. Algunos lo
querían así y otros que pintado de color caoba o negro y encima charolado. De
todos modos, el muerto se iba a podrir lo mismo bajo la tierra, pero aun para
eso hay gustos.
Una vez hubo un
acontecimiento grande en mi casa y en el pueblo. Un forastero abrió una nueva
tienda, que resultó mejor que las otras cuatro que había. Mi viejo y yo
trabajamos dos meses haciendo el mostrador y los andamios para los géneros y
abarrotes. Se inauguró con banda de música y la gente hablada del progreso. En
mi casa hubo ropa nueva para todos. Mi padre me dio para que la gastara en lo
que quisiera, así, en lo que quisiera, la mayor cantidad de plata que había
visto en mis manos: dos soles. Con el tiempo, la tienda no hizo otra cosa que
mermar el negocio de las otras cuatro, nuestra ropa envejeció y todo fue
olvidado. Lo único bueno fue que yo gasté los dos soles en una muchacha llamada
Eutimia, así era el nombre, que una noche se dejó coger entre los alisos de la
quebrada. Eso me duró. En adelante, no me cobró ya nada y si antes me recibió
los dos soles, fue de pobre que era.
En la carpintería,
las cosas siguieron como siempre. A veces hacíamos un baúl o una mesita o tres
sillas en un mes. Como siempre, es un decir. Mi padre trabajaba a disgusto.
Antes lo había visto ya gozarse puliendo y charolando cualquier obrita y le
quedaba muy vistosa. Después ya no le importó y como que salía del paso con un
poco de lija. Hasta que por fin llegaba el encargo de otro cajón de muerto, que
era plato fuerte. Cobrábamos generalmente diez soles. Dele otra vez a alegrarse
a mi padre, que solía decir: “¡Se fregó otro bandido, diez soles!”; a trabajar
duro él y yo; a rezar mi madre, y a sentir alivio hasta por las virutas. Pero
ahí acababa todo. ¿Eso es vida? Como muchacho que era, me disgustaba que en esa
vida estuviera mezclado tanto la muerte.
La cosa fue más
triste cada vez. En las noches, a eso de las tres o cuatro de la madrugada, mi
padre se echaba unas cuantas piedras bastante grandes a los bolsillos, se
sacaba los zapatos para no hacer bulla y caminaba medio agazapado hacia la casa
del alcalde. Tiraba las piedras, rápidamente, a diferentes partes del techo,
rompiendo las tejas. Luego volvía a la carrera y, ya dentro de la casa, a
oscuras, pues no encendía luz para evitar sospechas, se reía. Su risa parecía a
ratos el graznido de un animal. A ratos era tan humana, tan desastrosamente
humana, que me daba más pena todavía. Se calmaba unos cuantos días con eso. Por
otra parte, en la casa del alcalde solían vigilar. Como había hecho incontables
chanchadas, no sabían a quién echarle la culpa de las piedras. Cuando mi padre
deducía que se habían cansado de vigilar, volvía a romper tejas. Llegó a ser un
experto en la materia. Luego rompió tejas de la casa del juez, del subprefecto,
del alférez de gendarmes, del Síndico de Gastos. Calculadamente, rompió las de
las casas de otros notables, para que si querían deducir, se confundieran. Los
ocho gendarmes del pueblo salieron en ronda muchas noches, en grupos y solos, y
nunca pudieron atrapar a mi padre. Se había vuelto un artista en la rotura de
tejas. De mañana salía a pasear por el pueblo para darse el gusto de ver que los
sirvientes de las casas que atacaba subían con tejas nuevas a reemplazar las
rotas. Si llovía era mejor para mi padre. Entonces atacaba la casa de quien
odiaba más, el alcalde, para que el agua la dañara o, al caerles, les molestara
a él y su familia. Llegó a decir que les metía el agua en los dormitorios, de
lo bien que calculaba las pedradas. Era poco probable que pudiese calcular tan
exactamente en la oscuridad, pero él pensaba que lo hacía, por darse el gusto
de pensarlo.
El alcalde murió de un momento a otro. Unos decían que de un atracón de carne de chancho y otros que de las cóleras que le daban sus enemigos. Mi padre fue llamado para que hicieran el cajón y me llevó a tomar las medidas con un cordel. El cadáver era grande y gordo. Había que verle la cara a mi padre contemplando al muerto. Él parecía la muerte. Cobró cincuenta soles adelantados, uno sobre otro. Como le reclamaron el precio, dijo que el cajón tenía que ser muy grande, pues el cadáver también lo era y además gordo, lo cual demostraba que el alcalde comió bien. Hicimos el cajón a la diabla. A la hora del entierro, mi padre contemplaba desde el corredor cuando metían el cajón al hoyo, y decía: “Come la tierra que me quitaste, condenado; come, come”. Y reía con esa su risa horrible. En adelante, dio preferencia en la rotura de tejas a la casa del juez y decía que esperaba verlo entrar al hoyo también, lo mismo que a los otros mandones. Su vida era odiar y pensar en la muerte. Mi madre se consolaba rezando. Yo, tomando a Eutimia en el alisar de la quebrada. Pero me dolía muy hondo que hubieran derrumbado así a mi padre. Antes de que lo despojaran, su vida era amar a su mujer y su hijo, servir a sus amigos y defender a quien lo necesitara. Quería a su patria. A fuerza de injusticia y desamparo, lo habían derrumbado.
Mi madre le dio
esperanza con el nuevo alcalde. Fue como si mi padre sanara de pronto. Eso duró
dos días. El nuevo alcalde le dijo también que no había plata para pagarle.
Además, que abusó cobrando cincuenta soles por un cajón de muerto y que era un
agitador del pueblo. Esto ya no tenía ni apariencia de verdad. Hacía años que
las gentes, sabiendo a mi padre en desgracia con las autoridades, no iban por
la casa para que les defendiera. Con este motivo ni se asomaban. Mi padre le
gritó al nuevo alcalde, se puso furioso y lo metieron quince días en la cárcel,
por desacato. Cuando salió, le aconsejaron que fuera con mi madre a darle
satisfacciones al alcalde, que le lloraran ambos y le suplicaran el pago. Mi
padre se puso a clamar: “¡Eso nunca! ¿Por qué quieren humillarme? ¡La justicia
no es limosna! ¡Pido justicia!”. Al poco tiempo, mi padre murió.
Autor ; Ciro Alegría
(Huamachuco, Perú, 1909 - Lima, 1967)